El amparo del héroe: Sam y Sancho

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Por Inés Arias de Reyna (http://ladydragona.com) (*)

 

Los héroes solitarios se enfrentan al mundo sin más sustento que sus propios miedos y dudas. Sin embargo, los hay que afrontan su destino con un apoyo, que les permite sentirse a salvo, incluso esconderse bajo sus alas cuando no son capaces de soportar su carga. Es el amigo fiel, de voluntad inquebrantable, que ve el mundo desde otro prisma, más sencillo, sin ese lastre de miedo y culpa. Porque ese amigo fiel sólo —¿sólo?— carga con el héroe.

Estos personajes son el amparo del héroe, que sin quitarle méritos, consiguen, gracias a su apoyo y a su voluntad, que éste llegue a su destino y lo cumpla.

Sancho, primero, y Samsagaz, después, son dos ejemplos de estos compañeros fieles que dan a su «señor» toda la fuerza de espíritu que a ellos les sobra, con la generosidad de quien cree que su gesto es obligación, pero que lo engrandece y lo coloca en ese grupo de personajes que despiertan la parte más cálida de nosotros mismos.

¿Porque quién no recuerda con cariño a Sancho o a Sam? ¿Quién no sonríe cuando le viene a la cabeza la escena en la que Sam se esconde debajo de la ventana a escuchar la conversación entre Gandalf y Frodo, antes de emprender viaje fuera de la Comarca? ¿Quién no suelta una carcajada al releer ese momento memorable en el que Sancho le recuerda a don Quijote sobre la «ínsula» que le había prometido y que «sabrá gobernar, por grande que sea»?

Esta unión entre el héroe y su compañero aparece en muchos libros a lo largo de la historia. Sin embargo, la primera vez que leí la obra de Tolkien, la relación tan íntima que se genera entre Sam y Frodo ya me recordó a la de don Quijote y Sancho Panza. Si bien no me es posible asegurar que el autor británico se viera influenciado por Cervantes, sí que creo interesante comparar ambas parejas.

Comenzaré con Sam y su relación con Frodo, a partir del capítulo 2 del Libro sexto de El retorno del rey, tercera parte de El Señor de los Anillos.

El país de la sombra

Frodo está a punto de conseguir su cometido: arrojar el Anillo al Monte del Destino. Pero casi no puede con su alma, el Anillo le pesa tanto que sus pasos son más lentos y su voluntad cada vez está más mermada. A su lado está Samsagaz, su jardinero, un hobbit bonachón y leal, que le da las últimas gotas de agua y el último bocado de comida. ¿Lo hace por la misión, por ayudar a que el Anillo sea destruido? En parte sí, pero esa lealtad tan ciega es hacia Frodo, no hacia la misión. Sin Frodo, Samsagaz tampoco habría llegado al Monte del Destino. El amor fraternal que procesa hacia su amo es tan grande, tan inamovible, que puede con todo. Fue el único capaz de liberarse del Anillo y devolverlo al Portador. ¿Por qué? Porque su fuerza reside en el amor inquebrantable, en la lealtad ciega hacia su amigo.

El uno sin el otro no habrían llegado a terminar su misión. Esto, aunque parezca quitarle mérito a Frodo, en realidad le da mayor humanidad —si se me permite decir que un hobbit posee humanidad—, porque un héroe capaz de sustentarse en el brazo de un amigo es un héroe capaz de procesar compasión hacia el ser más mezquino.

Durante esta obra, aunque sobre todo al final, Sam y Frodo se convierten en un ejemplo de superación. Uno sustenta un peso tan grande que no puede andar, así que el otro camina por él. Cuando están llegando a Orodruin, Sam le dice a Frodo: «¡Venga, señor Frodo! —llamó—. No puedo llevarlo por usted, pero puedo llevarlo a usted junto con él. ¡Vamos, querido señor Frodo! Sam lo llevará a babuchas. Usted le dice por dónde, y él irá.». Sam no podría haber cargado con el peso del Anillo, porque lo habría derrocado, sin embargo, sí que podía cargar con el peso de su señor, porque el amor que siente hacia él rompe cualquier barrera.

Veamos ahora la relación que se establece entre Sancho Panza y Alonso Quijano, en el penúltimo capítulo, el 73, de la segunda parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.

De los agüeros que tuvo don Quijote al entrar de su aldea, con otros sucesos que adornan y acreditan esta grande historia

Don Quijote vuelve a su aldea después de todas sus correrías. Ha sido vencido y ha prometido no salir de allí en un año. Llega cansado, con el cuerpo y el alma agarrotados quizá por los años, quizá porque el delirio siempre da paso a la lucidez, aunque ésta solo llegue con la muerte.

Nada más entrar al pueblo escucha a dos muchachos jugar. Uno le dice a otro: «No te canses, Periquillo, que no la has de ver en todos los días de tu vida». Y don Quijote decide que esas palabras se dirigen en realidad a él y que le están anunciando que jamás volverá a ver a Dulcinea, su gran amor.

Sancho quiere cambiar la desazón que se apodera de su amo y para ello se acerca a los dos muchachos para preguntarles a qué se referían con lo de «no la has de ver en todos los días de tu vida». El chaval responde que le ha quitado al otro una jaula de grillos y que no tiene intención de devolvérsela jamás. Sancho se la compra por cuatro cuartos y se la muestra a don Quijote para que se le quiten de la cabeza los malos augurios que ve en todas partes. El escudero no cesa de insuflar aliento a su amo para que este recobre su espíritu enérgico.

Pero no lo consigue y don Quijote llega a su casa abatido, en donde lo esperan su sobrina y el ama que le dan de comer y lo ayudan a meterse en el lecho porque ha caído enfermo.

¿Cómo es el amparo de un héroe?

¿Qué características unen a estos dos personajes?

Por encima de todas, sin duda, la lealtad. Son fieles a sus señores hasta la muerte. Sus razones son distintas y su carácter también, puesto que Sancho se mueve por el deseo de conseguir su ínsula, mientras que Sam no pretende nada. Podríamos decir que la lealtad de Sam es más «pura», porque no espera nada a cambio. Sin embargo, no sería del todo correcto porque, al final —en el último capítulo de la segunda parte de El Quijote—, a Sancho ya no le importa esa ínsula, lo único que quiere es continuar junto con su señor. Así pues, la primera característica del amparo del héroe será la lealtad: han de ser fieles compañeros.

La segunda característica del amigo fiel es la seguridad en sí mismo y en su señor. En algunos momentos puede dudar sobre lo que hace y si estará bien o no, pero jamás dudará en ayudar a su señor. No pondrá en tela de juicio lo que hace él para ayudar a su amo (lo que haga el señor, en el caso de Sancho sí que se pondrá en duda, aunque no deja de llevarlo a cabo).

Todavía encontramos dos características más que convierten a estos personajes en los más queridos de casi todos los lectores. La simplicidad. Tanto Sancho como Sam disfrutan de una simplicidad bonachona, del que es de campo y no busca razones laberínticas para las cosas. El tomate es rojo y la sangre también. No le buscan más pies al gato de los que tiene. Su inteligencia se apoya, justamente, en esa mirada simple de lo que los rodea.

Fidelidad, seguridad, simplicidad y, por último, esperanza. No abandonan la esperanza ni aun en las puertas de la muerte, ni aun cuando ven a su amo perderlo todo (Quijote pierde su locura, Frodo su fortaleza), ni en esos momentos se disuelve su esperanza.

Sancho le dice a Quijote, en el último capítulo: «Mire no sea perezoso, sino levántese desa cama, y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado: quizá tras de alguna mata hallaremos a la señora doña Dulcinea desencantada, que no haya más que ver». Sancho lo insta para seguir sus aventuras.

Sam, cuando Frodo ya no puede continuar, no pierde la esperanza, sino que lo coge a hombros y sigue el camino hasta las mismas entrañas del Monte del Destino.

En ninguno de los dos casos, podríamos contestar a la pregunta de por qué lo hacen. ¿Por qué esa lealtad hacia sus amos? ¿Por qué esa esperanza casi ciega? No importa, lo que importa es que estos personajes aportan una fuerza y una ternura que sus amos no nos ofrecen a los lectores. Y es que El Quijote no sería el mismo sin Sancho, ni El Señor de los Anillos sería igual sin Sam.

(*) Inés Arias de Reyna es escritora, profesora de Literatura Fantástica y de Escritura Creativa. Ejerce la crítica literaria.

El artículo ha sido publicado en su blog http://ladydragona.com el 14-06-2011