La mirada que hace el director Sebastián Lelio al cine chileno

Sebastian Lelio 2

Por Miguel Chamorro

Periodista de la Universidad de Valparaíso- Chile.

En la línea de la entrevista anterior a Matías Bize sobre cine chileno en esta edición publicamos el siguiente artículo realizado por Miguel Chamorro que entrevista a Sebastián Lelio:

Esta entrevista forma parte de una investigación donde diferentes cineastas chilenos dieron a conocer sus impresiones sobre el mensaje que tiene el cine chileno en las distintas producciones de los últimos cinco año, situación que refleja un cambio en la forma de pensar y hacer películas en Chile.

A través de una mirada reflexiva sobre el tema, Sebastián Lelio, joven director de reconocidas películas como La Sagrada Familia, Navidad y su último proyecto, El año del tigre, premiado jurado en el Festival de Cine de Locarno, reflexiona sobre lo que está comunicando el cine chileno.[1]

Entre el 2005 y 2009 hubo 75 estrenos,[2] siendo el mejor año de producción el 2008. Los títulos han sido variados, desde películas taquilleras, dramas, comedias, historias simples y animaciones. En el marco de este grupo, muchas de esas producciones son de directores jóvenes que buscan una nueva forma de comunicar sus películas: ambientes cerrados, locaciones al aire libre, estados de ánimos singulares, silencios o tristezas.

Ese conjunto es lo que lleva a observar detenidamente las películas chilenas de los últimos cinco años para advertir que tanto los comportamientos, como diálogos, acciones de los personajes y contextos en que estos se desenvuelven, proyectan una realidad de país enmarcada en distintos estados de ánimo caracterizado por los personajes creados por los directores.

Esto es lo que nos dice Sebastián Lelio.

 

¿Cómo observas el discurso del cine actual?

Es un momento de gran diversidad, se están haciendo muchas películas y son películas muy distintas entre sí. No es así como el cine rumano que la suma de esas películas pareciera tener un programa discursivo. Pero eso pasa porque hay una historia cultural y social distinta. Acá no se da así, y no se va dar tampoco, pero sí podemos observar momentos de entusiasmo de entusiasmo y búsquedas distintas que lo hace ser un momento estimulante. Cada cual está clavando su propio clavo y buscando su propio sitio petrolero, pero en lugares distintos. Esa es la gracia de esa diversidad que es buena.

Y las experiencias de vida, ¿pueden ser un referente para armar una nueva identidad en el cine chileno?

Afluentes para potenciar una posible historia hay muchas. Uno de ellos, y quizás la más fuerte, sea la  personal en primera o tercera persona de lo que uno vive o escucha, de lo que uno ve o sabe que al otro le pasa, y a partir de eso se hacen muchos relatos. En mi caso las tres películas que yo realicé vienen directamente de cosas que me pasaron, que escuché o que supe. Ahora, que eso se convierta automáticamente en películas que hablan de nuestra identidad, no es una cosa que sea per sé, es decir, convertir eso en un dispositivo que sea capaz de decir cosas sobre lo que somos es un problema distinto, como una etapa dos. Se puede generar identidad con historias que ocurren a partir de cosas ficticias como el caso de Raúl Ruiz.

Por ejemplo en La Sagrada Familia yo estaba preocupado de pensar un dispositivo que fuera capaz de sacar chispas de sentido sobre un montón de cosas distintas, entre ellas, la identidad nuestra, por eso esa improvisación, la forma de dirigir a los actores, porque lo que emana en una improvisación es muy inconsciente y en esos diálogos como inevitablemente hay  una especie de carga de lo que somos, que no están mediatizados por el discurso del autor guionista que quiere colocarle palabras al personaje, sino que de alguna manera ahí el actor dice cosas y en ese decir cosas son como un cofre que contienen muchos elementos de cómo funciona la cabeza nuestra como grupo cultural de los chilenos, pero para mí eso es un ingrediente más, no es lo medular.

¿Crees que el cine chileno de los últimos cinco años tiene vida?

Sí. Cuando yo veo Tony Manero, cuando veo El Pejesapo, El cielo, la tierra y la lluvia, Ilusiones Ópticas, Turistas, Sábado, las películas que son de la edad de uno, más –menos logradas, yo siento que ahí hay mucha hambre y eso es vida. Hay que atraer esta especie de energía que, de repente se tomó del ambiente de que era posible hacer cosas y que había que dejar de lloriquear y que gracias a la tecnología digital ya no hay excusa para no filmar. De verdad, hoy puedes hacer una película ahí, y en ese sentido estamos muy bien, porque se está filmando. Ahora, si es un cuerpo coherente o no, para mí es harina de otro costal, preocupación que tendrá que hacer alguien más adelante que no esté desde el hacer, sino de analizar, pero uno como director no puede ser arte y parte.

 

¿El contexto por el cual vive un país, es una herramienta para contar una historia?

Yo creo que se puede hacer una película a partir de cualquier cosa, de lo que sea. No creo que en Chile haya algo distinto a cualquier otro lugar, porque tiene la riqueza que tiene cualquier sociedad, la complejidad, las contradicciones, la injusticia o la dimensión hilarante que tiene cualquier país, entonces tu puedes sacar una película debajo de una piedra, no creo que la realidad chilena sea distinta a cualquier otra en ese sentido. De alguna u otra forma las historias que se cuentan, pertenecen a su tiempo y las circunstancias de las que emanan.

 

 


[1] La presente entrevista forma parte de la investigación denominada El nuevo mensaje del cine chileno en los últimos cinco,  programa correspondiente al Magíster en Gestión Cultural de la Universidad de Playa Ancha, Chile.

[2] Cámara de Exhibiciones Multisala de Chile A.G.