¿Pertenece Breaking Bad a nuestra época televisiva? Temporada 1

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Por Sergio Marqueta | @eserregeio

Este artículo surge como sorpresa, fruto de ver los primeros capítulos de Breaking Bad. Tras ser insistido por parte de diferentes personas, lo primero que me chocó fue el hecho de que nadie me advirtiera que ésta se situaba en una especie de serie B, en tanto hacía uso de recursos que parecían obsoletos en esta era de esplendor televisivo. Por ello, la finalidad de las siguientes líneas será intentar analizar sus rasgos distintivos de manera que obtengamos una radiografía a conservar para un hipotético estudio de la ficción televisiva actual. Evidentemente el visionado de una primera temporada, que funciona como un macro-capítulo introductorio, y de parte de la segunda, no otorga derecho para valorar un documento audiovisual concebido como un largo movimiento temporal que pone entre paréntesis todo juicio parcial. Pero al menos permite intuir caminos, funcionando como base privilegiada para atender al arco recorrido al final de la serie, facilitando la comprensión acerca del uso de los elementos iniciales a la hora de alcanzar el punto final. 

Lo que inmediatamente llamó mi atención fue la reiteración en enfatizar con metáforas lo mostrado en pantalla, ya fuera echando mano a la química, a los juegos de cartas o a cualquier otra situación dentro de escenas que no aportaban nada a la trama más allá de recalcar algo que ya se había dicho de una manera integrada a la cadena causal de acontecimientos. Esta torpeza inicial que, cual fórceps, fuerza al contraste y a la comparación entre distintos segmentos de la narración, torna significativa al complementarse con el diseño de los protagonistas. No es que estos sean estereotipos del padre, el hijo, el tío, el fracasado escolar… cada uno con un conjunto de roles a desplegar en función de la situación, sino que se caricaturizan tanto que se convierten en arquetipos con un par de características muy marcadas –Walt el pusilánime, Hank el brabucón, Skyler la mandona, etc.–, hecho que obliga a que, pese a que los problemas se complejicen y las luchas interiores se enreden, estos deban circular por unos canales rígidos, provocando que las mutaciones también sean gruesas, obvias. De nuevo, recalcar que habiendo visionado sólo la primera temporada y algunos capítulos de la segunda –la cual parece pulir algunos de los inconvenientes anteriores–, en estas líneas no se señala que toda la serie sea así, por el contrario, se busca vislumbrar las trabas que hacen que una serie que es buena –en el caso de que lo sea– pueda haber sido todavía mejor o que una serie mediocre sea buena sin estos impedimentos iniciales que hacen que posteriormente se tenga que trabajar pelando la cebolla del arquetipo en lugar de trocearla y recombinarla como ocurre, por ejemplo, en Mad Men. Una de las principales virtudes de esta última serie pasa por desplegar unos personajes que no funcionan por grandes contrastes sino por tenues líneas que nos permiten tanto señalar sus similitudes como sus diferencias –véase el caso de Peggy, Draper y Sterling, tan sumamente distintos, tan parecidos; o dicho de otra forma, en Mad Men no hay contrastes sino similitudes imposibles. Otro ejemplo, éste situado en las antípodas del anterior, sería Sons of Anarchy cuya primera temporada, demasiado centrada en reproducir clichés pandilleros, dejaba la puerta abierta a que, una vez asentada, se pudiera trabajar sobre unos personajes tan planos que era posible darles la forma que se deseara.

Breaking Bad necesita emplear otra táctica, la cual queda clara desde los primeros capítulos de la temporada al observar que la trama echa mano de un número muy reducido de personajes a diferencia de la actual tendencia hacia la coralidad. Decisión que ya nos insinúa que, pese a su a priori intento de trazar una crítica social, ésta se queda en mero marco general, truco retórico para empatizar más rápidamente con los personajes. No hay que llevarse a engaño entonces, no estamos ante una serie política sino familiar y poco importa el mundo exterior, pues la sociedad sólo existe si repercute en una familia que vive de puertas hacia dentro, buscando la autosuficiencia –mostrándose claramente en el caso del conserje Hugo y su detención, cuando aparece una injusticia social sirve para explicitar un rasgo de la personalidad del protagonista, no para hacer una denuncia. Los problemas morales y las luchas internas surgen desde el seno la familia, éste es el punto privilegiado, difuminándose las repercusiones conforme se alejan de ella –obsesión estadounidense que desde nuestros ojos es legítimo invertir, señalando que, imposibilitados de hacer una crítica socioeconómica, la familia se convierte así en el espacio del mal, la excusa perfecta para realizarlo y la que conduce a ello. Esto se explicitará una y otra vez durante la primera temporada a través de la obligación de mantener a la familia unida aunque eso implique que los últimos días de Walt se los pase desaparecido en lugar de disfrutarlos todos juntos.

Vista la primera acepción de por qué Breaking Bad apunta hacia la serie familiar, vamos a ver cómo se despliega desde el punto de vista del espectador. Lo más obvio es la inclusión dentro de la trama de escenas educativas en las que Walt se dedica a explicar fenómenos químicos introduciéndolos dentro de un contexto histórico o un caso práctico y atractivo, de manera que, en un buen ejemplo de educación audiovisual, se recuerden con mayor facilidad y seduzcan a una audiencia abducida por el lado oscuro de la humanidad en detrimento de la ciencia. Esta dimensión didáctica facilitada por unos personajes gruesos, es complementada por una humorística propia de los programas dirigidos al disfrute de toda la familia sentada en el sofá; toda acción debe estar vertebrada por la sonrisa –distanciándose de Los Soprano donde el humor aparecía como efecto colateral de su peculiar costumbrismo y no como una obligación– y las escenas deben contener un gag independientemente de la particular psicología de los personajes –ya sea como golpe slapstick, como malentendido… siempre apostando por un tono digerible y para todos los públicos. De esta manera, aquella realidad de la que apartamos la vista o la rellenamos de glamour espectacular para poder mirarla a los ojos, aquí aparece de forma desenfadada y digerible, huyendo del drama de The Wire, el cual, sin las herramientas adecuadas, sólo puede terminar en cinismo. Es fácil detectar las conexiones entre semejante estrategia y la labor educativa a desarrollar conforme la trama avance.

Este tipo de planteamientos familiares –pocos personajes, todo fenómeno exterior sólo interesa en la medida en que les repercute…– conllevan en muchas ocasiones vicios en la narración que expulsan a las imágenes en movimiento de eso que de un tiempo a esta parte se ha venido a llamar la edad de oro de las series televisivas. Los ejemplos son conocidos de sobra.

– Para empezar, la introducción de personajes ad hoc en el mismo capítulo que sirven para ilustrar un determinado punto sobre los protagonistas y que, una vez mostrado, no volverán a aparecer en la trama, da la sensación de estar ante un mundo artificial –el mencionado ejemplo de Hugo es paradigmático.

– Asimismo, todo lo que queda fuera del ámbito del argumento que tenemos ante nuestros ojos puede ser ignorado sin necesidad de tejer explicaciones verosímiles –la presentación de un Walter pluriempleado con una mujer que no trabaja; cuando éste deja su segundo trabajo en ningún momento se debate el tema o Skyler hace mención de encontrar algo, el dinero sólo importa cuando interesa reactivar la trama de la metanfetamina.

– Por supuesto, la reintroducción de los superhéroes frente a los cuerpos sangrantes al filo de la muerte o la defenestración ante una mala jugada. En Breaking Bad volvemos a los individuos solitarios que con su inteligencia, su pericia y algún que otro golpe de suerte puede enfrentarse contra cualquier enemigo e inconveniente –su enfrentamiento contra Tuco, el robo a un almacén de alta seguridad. Esto implica la existencia de su reverso, malos malísimos propios de los tebeos, histriónicos, excesivos, cabrones porque sí.

– Por desgracia, esta elección unida a la decisión de centrarse en un par de personajes y su supeditación al humor, matan la tensión, los problemas se transforman así en enredos aislados, pequeñas situaciones que de una forma u otra acabarán por solucionarse.

– De ahí que la serie eche mano de trampas en su mayoría basadas en las estiradas personalidades de los personajes, capaces de hacerles realizar acciones de otra manera inverosímiles –véase el primer capítulo de la segunda temporada donde Hank hace fotos los cadáveres de los pandilleros y se las manda a Walt, más cuando en capítulos posteriores se librará de la explosión al marearse por ver una cabeza decapitada. O directamente rompiendo su congruencia –volviendo a la primera reunión entre Tuco y Walt, el espectador ha visto que previamente el malo ha obligado a Jesse a esnifar el cristal, sin embargo esta vez, justo cuando lleva su explosivo casero, no le pide que lo haga; se puede argumentar que ahora Tuco ya no tiene la necesidad de probar la veracidad de su identidad, pero chirría respecto a su modus operandi anterior.

– Y, sobre todo, el abuso de los flashforwards al comienzo de cada capítulo –acrecentándose su uso en la segunda temporada–, útiles para generar una tensión fraudulenta que promete giros sorprendentes y captar así una atención que por otros lugares hace aguas.

Dichas decisiones también se reflejan en el plano estético. Sin buscar otro Mad Men, donde cada encuadre se desliga de toda narración o psicología para ser apreciado en sí mismo, y teniendo en cuenta que el aburrido color ocre de la cinta pretende representar el aspecto de ese Nuevo México de clase medida-baja, suavizándose poco a poco conforme los capítulos se suceden, está claro que la puesta en escena no es una prioridad, pues la atracción debe centrarse en los protagonistas y sus cambios, dejando al mismo tiempo bien claro que las casas de droga no son nada glamurosas sino que, artesanos del siglo XXI, no distan mucho de los trabajadores orientales encerrados en cubículos y machacándose la salud. Si bien es cierto que en la segunda temporada, una vez que ya tienen los cimientos bien asentados, se presta mayor atención a los detalles visuales. Aunque generalmente encerrados en los primeros minutos introductorios –ya sea mediante planos detalles del desierto, evocadores usos del blanco y negro o el hilarante videoclip del narcocorrido–, se marca distancias con la previa ausencia de intencionalidad estética, donde los planos estaban ligados a las necesidades de la narración o, teniendo en cuenta lo dicho, de los protagonistas –pues, como se ha comentado, existían escenas en las que la trama no avanzaba, remarcando la psicología de los personajes ya fuera mediante una reiteración metafórica o un acto que expresaba ángulos ocultos.

Quizás juzgar estas características desde un prisma negativo se deba a que el canon fílmico ha sido desplazado radicalmente en los últimos años; en todo caso la combinación de elementos funciona y el éxito ha sido indiscutible. Aun contando como baza principal con el mencionado nivel familiar que sitúa la trama en el hombre medio que no forma parte de ninguna minoría –ya sea racial, sexual o económica– pero que por fin puede acceder a todo ese submundo que le ha sido negado –eso sí, como toda fantasía de esta tradición, con la inteligencia científica se puede llegar a la cima, quitando de en medio a unos paletos que no se merecen su puesto–, existen otros elementos que dotan de atractivo a la obra. Además de la potencia de sus iconos –véase el alter ego Heisenberg y su atuendo– y una creciente efectividad en sus giros humorísticos conforme disponen de más referencias, se traslucen ciertas microsubjetividades dentro de un diseño grueso que se va puliendo poco a poco, desde la diferencia de actitud de Jesse con Walt, bastante más bravucón respecto del resto del mundo, las decisiones irracionales de Walter basado en pasiones y sus chutes de adrenalina que combinan miedo y placer, o su mantra de contar dinero para calmarse. También cabe mencionar ciertas decisiones vitales que si bien desde un punto de vista causal son muy flojas, sucediendo de repente y teniendo las mismas razones para que ocurran o no, permiten situarnos en un plano interior que no necesita de marcados cambios externos, dejando que precisamente la causalidad acción-reacción se vincule con las escenas de acción y humorísticas. Esta estrategia genera un doble movimiento en la serie que aloja dentro de la serie espectacular, icónica y macarra una línea argumental más sutil.

Asimismo, y desde un punto de vista antropológico, lo más interesante de la serie no es tanto la transformación de un piadoso hombre de familia en un mafioso sin escrúpulos con los consecuentes problemas morales y las reflexiones que suscita sobre su justificación sociopolítica; por el contrario, y situándose a contrapelo del propio título de manera similar a las primeras imágenes de Walt con una pistola en un gesto propio de Harry el Sucio que termina invertido por la poca credibilidad que inspira, Breaking Bad parece apuntar hacia la dificultad que implica convertirse en malo. Frente al mito actual de un mundo violento que legitima desde políticas económicas hasta medidas policíacas en los barrios y controla los votos, la serie muestra que ni siquiera la necesidad conduce inevitablemente a la maldad –concepto ético distinto al jurídico de legalidad– pues, al menos en las dos primeras temporadas, este breaking bad es un camino regado por fracasos, como si hasta en esto tuvieran que fracasar una y otra vez, esforzarse por conseguirlo. Qué ironía.

Trailer

Narcocorrido Breaking Bad