Universo (22) Owen Wilson (4).
Tú no eres un becario, tú eres tonto

Sergio Marqueta Calvo | @eserregeio

 

STARRING…

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Tras lo que detecté en el anterior capítulo ahora toca ponerme serio, ni imágenes ni historias hasta que no me desahogue. Estamos hablando de mi carrera, de mi vida, de todo el engaño que ha supuesto ésta. Por eso no me apetece dar rodeos ni hacerme el gracioso, voy a lanzarme directamente a arrancarme de la piel todo lo que significa Los becarios (The Internship; Shawn Levy, 2013), aquello que me abrasó al ponerlo en comparación con películas similares. Gracias Bill Murray por tus enseñanzas. 

Moralismo vs. ideología.

Lo más inmediato, lo dicho, no me quiero andar con rodeos porque hay mucha tela que cortar, es que a diferencia del movimiento habitual en este tipo de comedias aquí no va a existir un progreso moral que haga justicia al, pese a todo, buen corazón de (nosotros) los protagonistas. Al comienzo del film tanto Vaughn como yo mostramos nuestra mala praxis consistente en quedar con alguien, agasajarlo e interesarnos por la intimidad de su vida, enmascarándola como si fuera una amistad forjada a lo largo de los años cuando realmente se trata de una mera cuestión de negocios, vemos al invitado cual pollo un náufrago[1]. Pero, ¿qué hay de malo en ello? Eso mismo podría preguntarse el film, haciendo un alegato a favor de todas esas habilidades del vendedor americano, el pink collar depredador que representa la esencia de Estados Unidos, también su bondad; aquellos que se mantienen como los músculos del país una vez que éste inicia su desindustrialización a marchas forzadas; héroes resistiéndose a terminar tragados por la burocracia de despacho; etc. Habrá quien piense eso, yo mismo lo hacía hasta prestar una atención más pormenorizada al film gracias al rechinar de las imágenes del anterior capítulo.

Según la anterior versión el grueso de la narración descansaría en pulir nuestros defectos hasta dar la mejor versión de nosotros mismos, algo así como alcanzar la quintaesencia de nuestra profesión una vez expulsados los inevitables males del mundo moderno. Eso lo convertiría en primer lugar en una película moralista y, después, ideológica, cuando por el contrario nos encontramos ante un film primariamente propagandístico, ejemplo privilegiado de cómo funciona la maquinaria ideológica –conviene hacer hincapié en esta diferencia en tanto ciertos valores pueden ser compartidos por distintas ideologías y viceversa; con esto me alejo de las posturas posmodernas donde todo es ideología, afirmación que impide detectar dónde se encuentra el énfasis y las particularidades de cada película. Por lo tanto, no, repito, no estamos ante una película moralista sino ante la traslación directa del mundo de las ventas a Google, todo lo ‘desechable’ que vamos a encontrar al comienzo de la película no va a transformarse sino a darse en otro ámbito. De esta manera, los aspectos negativos que veis en mí al comienzo del fin –un comienzo que funciona igual para distintos tipos de películas– terminarán sin variación alguna al final, señalando que son perfectamente válidos para la sociedad 2.0, es más, son tan necesarios que Vince y yo debemos enseñar alguna lección que otra a esos nerds[2].

Parémonos un instante a observar rápidamente a los personajes ya que yo los he vivido y, probablemente, tú también –luego volveremos de manera personalizada a ellos. Lo más llamativo en su conjunto puede ser que la película explicite las herramientas que utilizan esos tiburones triunfadores para llevarse el gato al agua y no sólo sus resultados. Ahí está, por ejemplo, la música motivacional que escuchamos antes de venderle la moto a un cliente, enseñándoos cómo algo como una canción, que podría resultar anecdótico, afecta a nuestro comportamiento. No somos de esos tipos que poseen una firme voluntad y a través de ella son capaces de modificar la realidad sino que somos una mera conexión en la red y, para transportar determinado estado debemos antes modificar nuestro cuerpo, obteniendo así ese ‘poder’. Es por ello que Los becarios no prestan atención a ningún tipo de habilidad cognitiva en su línea dura matemático-atómica, por el contrario, el eje se encuentra en la capacidad para alterar el estado psicológico-emocional de la persona formar piña en el partido de Quidditch, fomentar la creatividad en un strip club, cuestionar las reglas existentes en la empresa por mínimas que sean, etc. El materialismo ontológico se ha convertido en eso, no digo nada nuevo, en la capacidad de afectar a los cuerpos. Habilidad que se identifica con la libertad estadounidense.

Atendiendo a esta misma formulación junto a lo dicho en los párrafos anteriores, podemos cuestionarnos el mensaje ideológico que se expresa a través de la marca Google. Así, aunque en una infame escena publicitaria mi objetivo sexual de rigor –Dana Simms (Rose Byrne)– exprese la creencia firme de que su trabajo ayuda a mejorar la vida de la gente, afirmación dicha con el mismo tono que una trabajadora social o una médica que está realizando una labor importantísima[3], si tenemos en cuenta que en ningún momento nuestras habilidades depredadoras han sido ni serán censuradas, presentándose de hecho como necesarias y utilísimas, no tardamos mucho en comprender que la gente a la que pretende ayudar, entendida como individuos sobre los cuales no se tiene ningún efecto de poder, importan una mierda –recordemos, la libertad se cifra en la influencia física. Desde esta óptica el guion queda retratado durante el último reto en el que tienen que firmar el contrato más grande posible, convenciendo al dueño de la pizzería mítica de barrio de que debería expandirse porque así podría probar más gente sus increíbles pizzas, camuflando sus intereses con la excusa de un bien mayor; poco importa que semejante decisión destruya su vínculo comunitario. Tampoco importa que para conseguir sus fines al propietario le introduzcan la enfermedad de la expansión sin límites, el imperialismo comercial que esclaviza al mismo colonizador bajo el mantra ‘sal de tu zona de confort’[4]. 

Pt. II. Mecanismos cinematográficos aliados

Pero si retorcemos la bayeta sale más agua, oh claro que sale más, tanto que las típicas cuestiones que en otras películas podrían ser dignas de crítica pormenorizada aquí son obvias. Ya las conocemos de sobra porque reproducen al dedillo el manual de los principios del cine oficial estadounidense; por un lado el mito americano consistente en lograr cualquier cosa con un poco de ilusión, de voluntad –ahora como conectividad material, ya lo hemos visto–, algo que entronca con la segunda cuestión acerca de que precisamente las trabas a su meta no vienen dadas por la incapacidad del individuo –qué es eso de saber de programación para trabajar en Google– sino que provienen de un enemigo que se interpone, deseando lo mismo que el protagonista pero siendo menos digno de sus recompensas –punto en el que el moralismo se impone a la ideología sin que por ello se trastoque la lógica de la conectividad ‘materialista’. Esta predominancia puntual del moralismo sirve para cubrir el agujero existente en la todopoderosa voluntad y que así no dudemos de ella. De esta manera se explica la figura del deus ex que aparecerá para ayudarnos al no poder superar nuestras limitaciones por nuestra cuenta –éste es el papel del informático jefazo cuya primera ayuda a Vaughn cae en saco roto por un tecnicismo pero que regresará al final para ajustar las cuentas al malo. Comprobamos de esta manera lo engrasada que está la maquinaria hollywoodiense clásica incluso en el siglo XXI, donde a pesar de que la ideología impere ésta es capaz de ser generosa y dejar paso a otros resortes cinematográficos cuando capta algo que puede dejar al aire sus vergüenzas.

A todo este clasicismo se le añade el toque contemporáneo de la apología a la incertidumbre, llegando yo a defender ante la oferta de trabajo de mi ex-jefe que prefiero la inseguridad de no saber si me van a contratar tras las prácticas –y de acuerdo a ese momento del film todo apunta a que no– que a la seguridad de un trabajo en el campo que domino y por el que hasta hace poco suspiraba. Aquí la ideología se alía con el género cinematográfico para hacer de las suyas y transformar el más que posible fracaso en éxito asegurado. En tanto el espectador conoce a la perfección el género donde se inscribe el film, sabiendo que siempre se va a encontrar con un final feliz, se automatiza e interioriza el mensaje de que la incertidumbre siempre es ganadora[5]. De nuevo, nada nuevo.

Extras

Lo singular de la película nos lo vamos a encontrar en otras coordenadas, las cuales, por otra parte, se despliegan mediante las tácticas habituales a las que estamos tan acostumbrados. Lo primero que destaca, y si no fuera así algo fallaría en la película, son los planos de situación que quieren seducirnos vendiéndonos California como el paraíso[6]. Eso sí, algo raro ha ocurrido, pues las playas plagadas de músculos aceitosos y plástico desafiando la gravedad han sido sustituidas por una suerte de campus. Pero no, no es el campus que todos nos imaginamos y por el que firmé a ciegas participar en la película, sino uno donde no hay espacio para las míticas fiestas universitarias. Poco le importa a mi personaje ni al de Vaughn, nos encontramos en la cornucopia, donde se puede comer y beber lo que uno quiera de manera gratis, hasta yo llego a decir que nos encontramos en un sitio mejor del que soñé de niño, poniendo por ello patas arriba mi perenne caracterización de infante que tantas vueltas le habéis dado por aquí. Afirmación que, no os creáis, me dolió mucho hacer, realmente los cabrones me estaban haciendo decir, ‘todo esto es mejor de lo que yo he hecho en mi vida’ y, con ello, poniendo por encima al mundo tecnológico 2.0 con respecto al del cine.

Y aquí se encuentra la novedad que aleja a este Los Becarios de las comedias tipo Apatow –por señalar una factoría en concreto y no aplicarlo a la nueva comedia en general–, esas en las que vivimos en continuas crisis de identidad, resistiéndonos a madurar. Me quiere sonar que comentasteis en algún número que no recuerdo, tampoco es que os preste mucha atención, que existía algo así como un círculo vicioso entre el adolescente que envejecía rápidamente[7] y unos adultos que se aferraban con los dientes a la juventud. Lógica cerrada que jugaba con los límites de nuestras posibilidades, empobreciéndonos. Sin embargo, la novedad que aquí se introduce es todavía más tétrica porque el edén ya no posee esa dualidad entre dos fantasmas sino que se ha unificado bajo una realidad concreta, posible, basada en curro, curro y más curro. El trabajo es lo único que cuenta[8].

Por eso, si en el nivel de gags, lenguaje y estructura narrativa podríamos señalar que tanto Starsky & Hutch como De boda en boda y Los becarios son calcos unos de otros, gracias a su diálogo entre imágenes, a la aparición de lo aberrante, me ha puesto bajo la pista de algo que sería intolerable en las anteriores películas. Allí el trabajo era lo de menos, la pareja de incompetentes policías encontraban la satisfacción en sus infantiles salidas de tiesto mientras que la pareja de abogados matrimoniales esperaban como agua de mayo la época de las bodas, un oasis muy ‘universitario’ dentro de su absorbente mundo laboral. Cabría preguntarse entonces qué sucede con las citadas comedias de Apatow, si están enfrentadas a la visión de Los becarios o realmente son complementarias. Lo que está claro es que en Los becarios ya no se problematiza ni existen desajustes a nivel de ocio y disfrute de la amistad y la familia, ni siquiera se plantean estos temas, el único foco de interés está puesto en el trabajo, en la realización a través de éste. ¿Qué tipo de mensaje estoy dando como estrella de Hollywood? Al menos la alienación por hedonismo nos hacía más resistentes a la esclavitud –o al menos a una de ellas.

Y no sólo eso, para empeorar la situación se introducen los ya mencionados trucos Disney que, con su halo de fantasía, difuminan la cruda realidad acerca de que de los cientos de solicitantes sólo van a conseguir empleo cuatro o cinco. Este problema se oculta en tanto la multitud se reduce repentinamente a dos grupos, el de los buenos y el de los malos –por culpa de su líder–, hasta llegar al delirio final en el que al vencer los buenos, nosotros, el resto de los participantes, esa masa uniforme, nos vitoreará, como si no hubiera envidias ni compitieran por el mismo empleo, tan espectadores como quien está viendo la película –jugada todavía más vomitiva teniendo en cuenta el drama que muestran los jóvenes del film, los jóvenes protagonistas me refiero, ante un futuro sin ese trabajo[9]. Nunca pensé que diría esto, pero en comparación los freaks de Drillbit Taylor están dibujados con un realismo social de corte naturalista.

Asimismo, y dejémoslo como apunte, existe una lectura racista del film que complejiza este entramado al vernos tanto Vaughn como yo cual dos viejos confederados derrotados, white trash a los que les prometieron grandeza, que el mundo era suyo –no hay más que ver a nuestro ex-jefe, Sammy Boscoe (John Goodman), a medio camino entre vuestro Torrente y nuestro Repo Man. Clamamos entonces venganza, no es justo que nuestro negocio quiebre pero el de nuestro viejo conocido negro funcione mejor que nunca, tampoco que no encontremos trabajos con nuestro perfil; por eso nos decidimos a volver a conquistar los tiempos. No se trata de forzar paralelismos con nuestra situación actual en el 2017 sino de hallar huellas que expliquen su caldo de cultivo y cómo ésta permea dentro de la cinematografía más ‘multicultural’. Por eso esta película no va sólo de la crisis económica desde las coordenadas del neoliberalismo esperanzador, sino que a su vez existe un poso que ya está planeando la toma de control por parte del blanco nacionalista y su victimismo. Pero volvamos al campo del humor. 

Pt. I. Humores

Así es, todo eso y más se encontraba en el interior del film y ha sido liberado tras rajarlo en canal y salir de sus entrañas un servidor que hasta el momento creía habitar el vientre materno. Lo que más gracia me hace es que en vuestro universo os empeñasteis en sospechar de los personajes heroicos y bélicos que encarné, el cambio en mi registro lo interpretasteis como algo sospechoso cuando precisamente cuanto más a gusto me encuentro en mi salsa, en la comedia, es cuando más estragos he causado. Existe un vínculo claro con el tipo de humor que fabrica el frat pack; independientemente del contenido de los chistes o las situaciones su lógica replica la dinámica del business man, no salvándose tampoco desde esta perspectiva anteriores películas de carácter aparentemente festivo como De boda en boda – también basada en las palabras, en saber venderse y en la lógica causa-efecto que hemos visto en el film que nos ocupa. Desde aquí cabría cuestionarse el papel que tiene que en Los becarios nos presentemos como dos viejos dinosaurios del humor, si esto se trata de un señuelo o indica algo más.

Será entonces en el terreno del humor donde por fin podamos encontrar la pieza que no pertenece al puzle y que lo hace rechinar, mostrando que el mismo mensaje del film, esa facilidad de traslación de un universo laboral a otro, no es tal. Exacto, he situado en último lugar de mi disertación lo que debería estar al principio, el nexo entre el anterior capítulo y éste o, en otras palabras, aquello que ha provocado que lo que era una intuición se convierta en una crítica no sólo de éste film sino de una larga lista de películas relacionadas.

Entonces, aquello que parecía ser el motto central de esta comedia, los chistes relacionados con la programación y el mundo de Google, desaparecen en cuanto comprobamos que o bien no van a ser comprendidos por el público medio –confundir el lenguaje de programación con las calificaciones– o son completamente absurdos para alguien que tenga una idea mínima de ordenadores –¿cómo que si no tienes cámara web no puedes programar?–. Precisamente este paso en falso va a dejar en entredicho al film entero, provocando que hasta la estética que pretendía reproducir los modos de grabación de la tecnología portátil actual no asuma ningún riesgo. Nosotros, los protagonistas, habiéndonos quedado sin ninguno de esos recursos en los que parapetarnos, corremos a cubrirnos donde podemos. Sin embargo yo me encuentro congelado en pleno campo abierto, en mitad de la batalla. ¿Lo peor de todo? Que creía que el guionista de esta película, nada menos que Vince Vaughn, era mi amigo, el único que hasta el momento se salvaba del Frat Pack. Pensaba que era incapaz de hacerme esta jugarreta[10]. Tan desnudo me deja que ésta es la primera vez que muestro arrugas en pantalla, obligándome a improvisar, balbucear, ir detrás de mi compañero –cuando hasta entonces era yo el protagonista[11]. Y le agradezco la desnudez a la que me condena, incluso cuando me haga sangrar la nariz, mi sitio más vulnerable.

Desubicado, sin saber hacia dónde dirigirme y recibiendo golpe tras golpe, tomo el rol de algo así como un cruce de caminos entre el reverendo que continuamente suelta ‘amaros hermanos’ y el entrenador motivacional. Como si mis clásicos papeles de hippie y de jeta se hubieran respectivamente podrido, una mala parodia de la parodia. A pesar de mis arrugas, de mi incapacidad por ubicarme, precisamente a través de perseverar en la comedia en vez de pasarme a otro género será como la ideología se transforme a través de mi cuerpo en una denuncia de ésta, también de mis anteriores películas. Ahí se encuentra la cesura de la que hablábamos anteriormente, el intento de suicidio no es otra cosa que permitirme hacerme viejo.

A partir de ahí, acepto todo intento de la película por ir introduciendo mis personalidades prototípicas atemporales y me dedico a hacerlas incoherentes, jugando con sus tiempos. Por un lado soy el jeta capullo ligón capaz de seducir a la más dura haciendo todo lo que ella no quiere que sea y, a la vez, cuando Will Ferrell hace sus chistes verdes yo, como niño bueno tonto, no los pillo. También gracias a mí caemos en las incongruencias de Vaughn, que no son otras sino las mías en algún grado u otro. Así, nos llevamos las manos a la cabeza cuando en una escena que no está presentada como pieza humorística sino como drama, su mujer le deja al llegar una orden de embargo; resulta que la queja principal de ésta radica en que a pesar de que Vaughn tiene grandes planes nunca hace nada, pero, atentos, esos grandes planes son irse de viaje a Barcelona. ¿Cómo ha podido ser ésa nuestra utopía (de ella, de él y mía)? Por primera vez una de nuestras películas no es que sea tonta o infantil, es que es directamente incongruente, rechina por todos los lados, y lo más curioso consiste en que precisamente va a utilizar su mismo leitmotiv, revolverse contra esa ‘zona de confort’, para subir de nivel –de la trama a la imagen– y destruirse a sí misma, no dejar ninguna opción como válida. Tras esto todo el entramado se va desmoronando, caemos en la cuenta de que mi papel de reverendo motivacional que el espectador cree inspirador gracias al dispositivo narrativo, antes había sido presentado como una mentira para vendernos la moto. Que me estoy riendo de vosotros con un tono serio, vaya, y viceversa –me puedo permitir soltar verdades como puños denunciando al film y pasarán por una gracieta (como que las pruebas a las que les someten no distan mucho de la de Los juegos del hambre). Y así todo, la misma película comienza a sabotearse.

Esto también nos lleva a constatar que todo este cine, tanto el del ganador absoluto como el del perdedor absoluto –recordad que interpreto a los dos–, son análogos, distinta cara de la misma moneda[12] –no digo nada pero si yo siguiera el Universo Owen Wilson atendería a esta nota última nota a pie de página. Gracias a esa falsa dualidad el film avanza intercambiando estos momentos que, si bien desde fuera no tienen sentido alguno –y cuando digo desde fuera, me refiero a un espectador que no esté acostumbrado a este tipo de cine, algo a estas alturas casi imposible–, ni es coherente con los personajes, sí que lo es dentro de la producción cinematográfica de Hollywood. Por eso antes hemos utilizado esta observación para comprobar cómo los mecanismos cinematográficos se alían con la ideología para no sólo tapar sus lagunas sino reforzar su mensaje.

Todo lo que habéis aprendido aquí ha salido de mi cuerpo, de mi imagen, de lo aberrante que ha surgido a través de su conexión con otros filmes idénticos. Queda pendiente mostrar el auténtico montaje de Los becarios y, a través de éste, de la conexión entre sus imágenes, ir arrastrando el resto de fotogramas de otras películas en las que latían los mismos problemas pero que han sido invisibilizados por el análisis textual del Universo. De esta manera, el nuevo montaje funcionará a modo de imán que deje al descubierto las vergüenzas de mis filmes y destroce parte del entramado construido por el Universo Owen Wilson.

 

 


[1] Escena donde, gracias a estar diseñada como un mecanismo de relojería donde todas las piezas están ajustadas para hacer saltar el resorte y llevarse el botín, y a que los planes salgan mal, se enlaza la lógica de la comedia y la del cine del criminal de guante blanco. Y de ahí se hace patente su nexo con el cine primitivo, el de los trucos de magia y el vodevil. Algo que ya venía diciendo yo desde, por lo menos, The Big Bounce pero como no me escucháis…

[2] Sin embargo, existe un matiz en este argumento ya que la nueva oferta de trabajo de su ex-jefe se va a presentar de manera satírica, demonizando el mismo trabajo que hasta hace poco les definía. Parece ser que una vez que se ha hecho el trasvase entre modelos de negocio el anterior pasa a ser desechable. Como posteriormente trataremos desde otro ángulo, esto apunta hacia un mensaje del film que no defiende, tal y como podría parecer en según qué nivel, según para qué espectador, la dignidad de todos los trabajadores americanos sino que se trata de un llamado a la actualización forzosa de la mano de obra en las nuevas labores que necesitan las empresas –por eso el film no se burla de las habilidades, que se mantienen valorables, sino del puesto de trabajo.

[3] De esta manera también apreciamos cómo se está modificando el imaginario acerca de lo que se considera como ‘ayuda social’.

[4] Aquí se encuentra otra paradoja que los negreros del capital se limitan a obviar y nunca confortan. En esa escena en realidad yo le estoy vendiendo al pizzero el sueño de la estrella de rock; se ha pegado toda su vida trabajando como un asno y es hora de recoger los réditos, digo. Sin entrar en la afirmación soterrada que asegura que si realmente trabajas tanto es porque eres tonto, teniendo el éxito al alcance de la mano, fijémonos en la citada paradoja. Salir de la zona de confort, es decir, lanzarse a la aventura, arriesgar todo lo que tienes, parece ser lo mismo que hacerte inmediatamente rico, retirarse de trabajar, ¿qué riesgo ahí allí?, ¿no estamos ante otra forma de religión que promete paraísos a fin de renunciar a lo poco que posees en la tierra?

[5] Y no, paso de entrar de nuevo en el viejo debate puesto sobre la mesa por Eco que enfrenta a apocalípticos, como Bauman, los cuales no quieren saber nada de la incertidumbre en tanto prefieren estar apoltronados en los roles acomodados que han conseguido, y los integrados que confunden la incertidumbre con un colchón social debajo, con la incertidumbre de no tener futuro –punto en el que yo me encuentro en esta película, olvidando enseguida mi malestar previo a tener unas prácticas con las que, por otra parte, no parezco cobrar nada. Dos extremos de lo reaccionario.

[6] Poco importa que muchas escenas hayan sido grabadas en el Georgia Institute of Technology de Atlanta.

[7] Donde casi casi no era necesario el rito de paso para disfrutar de las ventajas del adulto, con lo cual convertía a la figura de tal adulto en innecesaria y se les privaba de ésta, provocando un deseo imposible de alcanzar –de ahí el cariz nostálgico de filmes como Amor y letras (Liberal Arts; Josh Radnor, 2012).

[8] Pero ojo, en cierta manera todos esos valores previos siguen conservándose al ser cribados por la nostalgia, la forma más rápida de canonización moral. Siempre que, eso sí, se mantengan supeditados al trabajo.

[9] Por no hablar de cómo se soterra la cuestión de clases que aflora en ciertos momentos. Véase la chica que tiene que trabajar de stripper para pagarse los estudios o la pérdida del hogar de Vaughn a causa de las deudas.

[10] Habéis hecho bien en ignorar las películas de la saga Noche en el museo (Night at the Museum), porque su director, Shawn Levy, es también el director de Los becarios. O quizás no y os pasasteis algo de largo…

[11] Por eso el arco de bajón y resurrección le pertenece a él cuando en De boda en boda no era así, poco importa quién cargue con la trama amorosa principal.

En relación a esto, otro tema con el que reflexionar largo y tendido es el de los efectos que producen en el espectador la posición de la trama amorosa incluso cuando el género sea el mismo. ¿Y si en De boda en boda estuviese gritando igual de alto que en Los becarios pero no se me pudiera oír debido a la combinación explosiva que implica situar como principal a la trama amorosa y rellenarla de una atmósfera sexual?

[12] Desde aquí se entiende el porqué de la obsesión de este universo por el tema del doble, atrapado en la dualidad bueno/malo-ganador/fracasado, envuelto en un problema que no es tal en tanto pensabais que con potenciar a uno desaparecería el otro cuando, todo lo contrario, se refuerza también al otro, retroalimentándose. Estabais haciendo elecciones moralistas sin daros cuenta de que ambas opciones se encuentran en el mismo marco ideológico.

Fijaos que Vaughn se queja de que les habían prometido que si iban a la universidad tendrían posibilidades y yo le recuerdo que no, que no hemos ido a ella, pero una vez allá los esquemas siguen siendo intercambiables. Poco importa lo que diga mi personaje, el espectador ve allí un chiste mientras que el Universo Owen Wilson detecta el drama de los chicos blancos dejados de lado, el outsider y blablablá –unos cuerpos que por otra parte encajan precisamente en Google. Menos mal que he conseguido abrirme paso apuntar las trampas del relato que sino os la habrían colado bien estos del universo eh…

Asimismo, esta cuestión sirve para denunciar la visión tan sesgada que teníais de Dos tontos muy tontos, idolatrándola equivocadamente. La clave del film no es que fueran tontos, sino que eran tontos vistos como profesionales por los profesionales, uniendo las dos dimensiones, lo mismo que sucede aquí, mostrando que lo que son héroes para vosotros también lo son para esos que llamáis vuestros enemigos.