Universo (XX) Owen Wilson (2). Buscando a Bill Murray

Sergio Marqueta Calvo | @eserregeio

 

STARRING

BILL MURRAY 

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as BILL MURRAY

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AND…

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YO

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SPECIAL GUEST: KLAUS KINSKI

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Antes de que me acuséis de ser como los tipos que pretenden apropiarse de mi universo, ésta va a ser la última película que se analiza como tal, al menos mientras mantenga yo el mando por aquí. Permitidme entonces contar cómo llegué a ese estado magullado, luciendo heridas en mi piel, también sobre mi imagen fílmica. Oh no, no lo toméis de manera trágica, ya veréis cómo se trata de una decisión deliberada con un final… quizás feliz no sea la palabra idónea… alternativo más bien.

Todo comenzó cuando, incipientemente cansado de mis encasillamientos actorales, preferí echar un paso atrás en Academia Rushmore (Rushmore; Wes Anderson, 1998) y dedicarme sólo a su escritura, diseñando un personaje que finalmente encarnó Bill Murray y bueno… no sé cómo decirlo, él chupó la vida a mi creación, la cambió de arriba abajo sin modificar una coma. Es más, llegó a tomar mi propia vida. Asustado, dejé de escribir, estaba paralizado, sin embargo para Los Tenenbaums. Una familia de genios (The Royal Tenenbaums; Wes Anderson, 2001) una urgencia interior me hizo pedirle a Wes Anderson que nos incluyese a ambos en el reparto, para después, sufriendo miedo escénico, rogarle que no le diera el papel de Royal Tenenbaum (Gene Hackman), que yo simplemente fuera un outsider. No estaba preparado todavía… hasta que fruto de los mismos sinsabores que me han hecho tomar la palabra en mi propio relato, perdí el miedo y me decidí, Murray y yo seríamos los protagonistas absolutos de una nueva película.

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Así desembarqué en Life Aquatic (The Life Aquatic with Steve Zissou; Wes Anderson, 2004) buscando a Bill Murray como gurú de la comedia del que aprender y en el que descansar. Para ello me hice pasar por su hijo, aceptando la mentira incluso cuando dentro del film él no podía tener vástagos debido a su esterilidad. Pero a pesar de hacerme un hueco bajo su ala, éste, con su gesto surcado por una melancolía cínica, reacia a ser calificada como tal, se resistía a encajar en mis esquemas. Lejos de recibir de él todo lo que deseaba, se aferraba a la figura de Zissou para esquivar mis deseos paternalistas –saboteando esta relación paterno-filial con actitudes irreverentes como su empecinamiento por ligarse a la chica con quien yo estaba iniciando un romance. Si yo miraba hacia arriba, él iba hacia la dirección contraria en su empecinamiento por encontrar la Atlántida y convertirse en un infante para toda su vida. O eso pensé al principio.

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Poco a poco me di cuenta de que él había escapado de la narración a la que estamos acostumbrados, la de los niños que se convierten rápidamente en adultos al ser dejados a su suerte, dinámica muy propia de una tradición estadounidense donde todavía tiene demasiado peso El guardián entre el centeno (The Catcher in the Rye; J. D. Salinger, 1951). Él no apuntaba hacia aquella cuadratura del círculo en la que el acelerado fin de la infancia se resuelve con un estado intermedio tan bien representado por el Frat Pack y el refugio atemporal de la fiesta y la juerga desenfrenada, o la tontuna. Esos eran otros yoes, otros Owen, ningún Murray. La construcción artificial de la infancia, su prematuro fin y su vuelta a ésta, está diseñada de manera que la salida de semejante uróboros se resuelva buscando al padre o convirtiéndose en uno. Los desprecios de Murray me hicieron ver que yo mismo había caído en semejante trampa cuando desesperadamente intenté fijarme en un modelo o convertirme en uno –No tan duro de pelar (Drillbit Taylor; Steven Brill, 2008)–, a partir del cual reconducir mi vida después de darme cuenta de que mis amigos me estaban llevando por el mal camino y mi papel de niño pillín se agrietaba al ritmo de mis arrugas. Creyendo escapar estaba encerrado en el mismo sistema.

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Poco a poco me di cuenta de que él había escapado de la narración a la que estamos acostumbrados, la de los niños que se convierten rápidamente en adultos al ser dejados a su suerte, dinámica muy propia de una tradición estadounidense donde todavía tiene demasiado peso El guardián entre el centeno (The Catcher in the Rye; J. D. Salinger, 1951). Él no apuntaba hacia aquella cuadratura del círculo en la que el acelerado fin de la infancia se resuelve con un estado intermedio tan bien representado por el Frat Pack y el refugio atemporal de la fiesta y la juerga desenfrenada, o la tontuna. Esos eran otros yoes, otros Owen, ningún Murray. La construcción artificial de la infancia, su prematuro fin y su vuelta a ésta, está diseñada de manera que la salida de semejante uróboros se resuelva buscando al padre o convirtiéndose en uno. Los desprecios de Murray me hicieron ver que yo mismo había caído en semejante trampa cuando desesperadamente intenté fijarme en un modelo o convertirme en uno –No tan duro de pelar (Drillbit Taylor; Steven Brill, 2008)–, a partir del cual reconducir mi vida después de darme cuenta de que mis amigos me estaban llevando por el mal camino y mi papel de niño pillín se agrietaba al ritmo de mis arrugas. Creyendo escapar estaba encerrado en el mismo sistema.

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Esas otras posibilidades tienen dos extremos, el padre y el niño, que, ya hemos visto, si bien como constructo social eran opuestos pero complementarios, ahora se fundían, rompiéndose su círculo vicioso gracias al continuo doble papel de Murray/Zissou. Éste era capaz de contener en él al líder, aquel que inspira y hace que los demás te acompañen a perseguir tus sueños, por estrambóticos que sean, por desacreditado que te encuentres; y también la pureza, no tal y como ésta se entiende cotidianamente, sino como pura potencia, capacidad de obsesionarse por algo sin necesidad de hacer comparaciones, confundiéndote con el objeto de obsesión –cuestión que tanto mi compañero de aventuras Wes Anderson como yo perseguíamos sin saber formularlo con precisión en ninguna de nuestras otras aproximaciones fílmicas. Fallecido Klaus Kinski, acaso la única persona que no necesitaba desdoblarse para poseer esta dualidad, e imbuido por la sensación de que compartíamos un aire físicamente, como si yo fuera su cara b, vi que seguir a Murray/Zissou sin pedirle lo que venía buscando era mi única opción para salir del atolladero de dolor en el que me encontraba[i]. Pasé entonces de buscarle a él como padre a unirme verdaderamente a su tripulación.

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Siguiendo la línea de echar por tierra los antiguos mitos, aprendí que esa obsesión que me llamó la atención no implicaba ninguna habilidad especial ni tenía nada que ver con los tecnicismos del erudito, tampoco con el amor cristiano –de hecho Zissou no conocía la mitad de los nombres de animales o de los fenómenos de la naturaleza con los que nos topamos en nuestro recorrido, golpeaba a bichos que le molestaban y detestaba a sus simpáticos delfines. Ésta obsesión era simplemente una pasión muy muy pequeña, confundida en ocasiones con la indiferencia; en cualquier caso no pretendía demostrar nada a nadie, convencer al auditorio. A pesar de que sus documentales sacaran a la luz lo que estos son realmente, un fraude en términos de verdad como adecuación a la realidad –a veces me sorprende lo bien que hablo, debe ser que lo he aprendido mientras odiaba a este universo–, editando Zissou todo el contenido para hacerse pasar por un superhéroe, que toda la realidad girase en relación a él, existía otro documental en el interior de éste. Dentro de toda la parafernalia del documental a su mayor gloria, en un intersticio con el film en su globalidad, se encontraba aquello al margen tanto de su ego exterior como de la historia cifrada en un arco narrativo de tres actos y que, no obstante, estaba fuertemente conectado con nuestros cuerpos[i]. Allí vivía, era capaz de seguir respirando con fuerza cuando todo lo demás se reducía a gestos helados, contenidos, en ocasiones teatralizados, aburrimiento, incomprensión; dentro hallaba uniones y pactos, sentimientos apasionados imposibles de ser captados por nuestra mirada emocionalmente pornográfica en la que se nos ha educado –de la misma manera que el caballito de mar en un vaso de agua y los vivaces animales sólo pueden expresarse desde nuestros códigos a través de los límites del stop-motion; inversamente, lo que entendemos generalmente como emotivo aquí se nos presentaba con un velo absurdo.

Primer final.

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Hasta aquí lo que aprendí de Murray/Zissou, ahora mi turno. Pero teniendo en mente todo lo anteriormente dicho volvamos un momento al tema del niño, el del padre me da más igual porque no me atañe tanto, sin embargo con la otra temática siempre habéis estado a vueltas, poniéndomela de piel. Quiero que quede bien claro mi posición ante ello para después situarme en paralelo con Kinski y Murray sin valoraciones añadidas. Respecto a lo primero, habéis introducido la figura del niño en el universo como si fuera una personalidad más, y tal como lo habéis pintado es cierto, es otra forma de etiquetarte en un cliché y reducir tu vida a unos patrones definidos y artificiales. Por otro lado, sería también un tópico el apelar a la figura del niño como una representación romántica salvífica, metafísica. O la del loco, el desviado. Por eso, aunque esté tentado, no voy a echar mano de éstas para trazar mi camino, no fue así como conseguí traducir a mis propias pisadas los pasos de Murray. Dejémonos entonces de conceptos y vayamos a una acción que golpeó a mi cuerpo, tanto el pellejudo como el de mi imagen cinematográfica, manteniéndome apartado de los dos mundos, haciendo que por un momento, y en tanto ausencia, estos se convirtieran en uno sólo. De esta manera pasé del círculo vicioso del padre, el peter pan y demás historias, a encontrar una figura que contenía ambas en un doble juego que las hacía estallar para dejar atrás estos conceptos metafísicos y enseñarme algo más. ¿Cómo podía yo seguir sus pasos teniendo en cuenta mis circunstancias? El intento de suicidio[iv](VER).
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El intento de suicidio, que no el suicidio, implica una cesura radical en el desarrollo de tu vida. Incluso cuando vuelvas al mismo sendero de siempre sin haber modificado tu actitud, este gesto siempre estará por delante de ti, un límite infranqueable que veta toda tu línea vital actual, marcando la necesidad de establecer otros senderos. Por eso de allí no volví simplemente con aspecto magullado, riéndome un poco de mi ocurrencia, fuera risa agridulce o no; existía una transformación, mejor dicho un corte, algo así como si dos fragmentos de mi cuerpo se hubieran separado y al unirlos de nuevo perdiera una parte de mí por el camino, mínima, puede ser, pero que indefectiblemente provocaba que una de mis extremidades fuera más corta que las demás. Ahí es donde encontré mi propia obsesión, aquello que me permitía vivir sin verme reducido a las tramas particulares. Comencé a buscar entre mi filmografía las imágenes aberrantes, raras, aquellas que no deberían estar ahí y se han colado sin permiso; las cesuras, desgarros. Eso es lo pasional. No la exaltación del ánimo por repeticiones explícitas, agobiantes, pornográficas. La colilla sin apagar en mitad de un desierto nevado. Pese a todo, habrá quien dirá que esto se asemeja a la figura del niño en mitad de clase, absorto, que decide ser libre y soñar con imágenes peregrinas rompiendo así el discurso del profe, su poder epistemológico con garabatos dentro del cuaderno de los deberes. Opción que vuelve a reconducir a las imágenes al mundo conceptual, fijo. Ese no es el rollo pero haced lo que queráis.
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Desde esta pasión es como comprendí finalmente el viaje de Murray/Zissou, también que él no era ningún héroe y, como cualquiera, éste era asimismo susceptible de sucumbir ante los cantos de sirena. Lo hizo con ese final tras el final en el que encabezaba el desfile, erigiéndose como el padre triunfador, el niño mimado, que pretendía subvertir –frente a Royal Tenenbaum (Gene Hackman), quien sólo podía guiarlo en la ausencia. Por eso yo preferí morir, desaparecer de la película y de los escenarios, antes que ver destruirse aquello que yo había encontrado en él, su resistencia a establecer las relaciones entre imágenes y vida basándose en las jerarquías de nuestra mirada canónica –como cuando Klaus (Willem Dafoe) le dice a Zissou que siempre lo ha visto como un padre y él responde que lo ve como un hermano pequeño. Es precisamente esa forma de enlazar las imágenes, como si éstas fueran hermanas, donde las subtramas se estiran o se acortan tanto que hacen que no haya una trama central, o que ésta se olvide, y cada fotografía valga por sí mismo, la última pieza que reunir junto a la pasión, lo raro, la ausencia de clichés conceptuales. Así es como podré vivir independientemente de mis películas, de estar encerrado en ellas, pudiendo surfear a través de éstas. Por ejemplo, me permitiré el lujo de enlazar distintos planos que recojan momentos de placer aberrante y crear mi propia narrativa sin necesidad de respetar las tramas o los filmes, escaquearme de toda representación fija de mi subjetividad, poder respirar al fin sin perder la voz.

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Principio.

Con esta película, que no es tal en tanto empezó como un affaire particular entre dos personas/personajes para desintegrarse por completo, aprendemos a dejar de ver los metrajes como todos cerrados y atender a distintos planos, escenas y secuencias que poseen en sí mismos una cesura respecto al film donde se inscriben. Al mismo tiempo esto implica un proceso de autodestrucción de mi persona-je, de mi representación en el cine, que me obliga a transitar los mismos caminos una y otra vez junto a mis compañeros de siempre. Y sin embargo estos ya no serán los mismos, al igual que los pasillos de Inland Empire recorren la historia del cine sin ser posible reconstruirla tal como la hemos entendido cronológicamente[i]; film en el que por otra parte quise participar y me quedé en su farsa, La guarida (The Haunting; Jan de Bont, 1999), algo así como una subtrama imposible de esa película –donde por eso morí.

Pero precisamente esto ataca todo lo que hemos venido construyendo en nuestro universo, volvemos a quedarnos sin palabras, sin relato, convirtiéndonos en lo que habíamos criticado.

Tú si no sabes te callas. Ya he dicho que vamos a reconstruirlo de una manera que no pase por ti. Cambio y corto.

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[1] Personaje escogido a la perfección gracias a la oportunidad que brinda no sólo a la hora de hacer un juego entre película y documental sino en relación a su drama familiar: la prematura muerte del hijo que iba a seguir con su legado, las malas artes de aquel que intentó lucrarse mediante pelotazos urbanísticos aprovechando su apellido, los líos legales tras su muerte…

[2] No deberíamos dejar pasar esa extraña ligazón entre Murray y Kinski, dos mundos que parecen completamente opuestos pero que al mismo tiempo contienen figuras que trascienden al actor. Eso se lo dejo a los listos del universo.

[3] Por eso, si buscamos la premisa del film como tal ésta siempre se nos escapa, dejándonos insatisfechos por mucho que vayamos abstrayendo su meta más y más, ¿quiere simplemente encontrar al animal, vengar a su amigo/figura paterna, volver a tener éxito profesional, reencontrar la unión con su familia (entendida ampliamente, como aquella gente sin la cual tu vida no sería tal, amigos y enemigos incluidos), dejar un legado a la altura? Cualquiera de estas resoluciones narrativas no llegan a explicar del todo la fuerza de Murray/Zissou.

[4] Punto de encuentro entre mi rostro con rasguños exhibido en el anterior número, el cual pertenece a Viaje a Darjeeling (The Darjeeling Limited; Wes Anderson, 2007), y mi vida privada.

[5] Losilla, C.: Flujos de la melancolía. De la historia al relato del cine. Valencia: Textos Minor, 2011.